Estraperlo

Más allá del dogma.

Málaga 1937.

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– Espérate en la puerta, Frasquita.
– ¿Para qué?
– Espera, pronto lo sabrás.
Se escucha un golpe, luego, tres seguidos. Es la seña del cambio de guardia, en ese momento se abren las puertas para que entre el relevo.
Un hombre sale corriendo hacia afuera, se funde en un abrazo y centenares de besos con mujer y su hija, recién nacida, a la que acaba de conocer. Justo detrás de ellos la mirada atónita del resto de los presos y militares encargados de la seguridad de la cárcel. Con el semblante sereno vuelve sobre sus pasos hasta su celda.
No era la hora del cambio de guardia. Aquél hombre había descubierto la clave para abrazar a su hija. Nunca se tomaron represalias por un acto tan humano.

 

(*Hecho real)

(**Dibujo Claudia Repiso, Relato Francisco Gómez)

 

 

Inteligencia, evolución de la materia.

La teología está llena de referencias a la inteligencia, desde tiempos inmemoriables. Normalmente, se recurría a la existencia de la inteligencia como prueba de la existencia de Dios, pues, según ser argumentaba, seres materiales e imperfectos no pueden tender a fines inteligentes por si mismos. O incluso seres finitos no pueden contemplar la idea de infinito, a no ser que Dios haya intercedido ahí. Así, nos encontramos textos como la Quinta vía de Santo Tomás de Aquino, que dice:

Vemos, en efecto, que cosas que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin, como se comprueba observando que siempre, o casi siempre, obran de la misma manera para conseguir lo que más les conviene; por donde se comprende que no van a su fin obrando al acaso, sino intencionadamente. Ahora bien, lo que carece de conocimiento no tiende a un fin si no lo dirige alguien que entienda y conozca, a la manera como el arquero dirige la flecha. Luego existe un ser inteligente que dirige todas las cosas naturales a su fin, ya éste llamamos Dios.

Sin embargo, esto demuestra que la intuición humana erra muchas veces en estas cuestiones. Así como se creía que el ser humano tenía alma, hoy en día se sabe que ese “alma” está en el cerebro. La ciencia demuestra que la inteligencia se viene desarrollando desde hace millones de años, y que surgió, poco a poco, de forma espontánea. Desde que se originó la vida, ya había una cierta inteligencia. Las primeras células comenzaban a unirse y a formar tejidos, primer símbolo de inteligencia.

Asimismo, la inteligencia también puede ser artificial, puramente mecánica. El conocido “Juego de la vida” lo demuestra. Se crea un juego con una serie de normas, como que pueden encenderse y apagarse una serie de luces, al azar. A medida que el juego va enciendiendo luces, va “aprendiendo”, hasta tal punto que empicen a verse figuras cada vez más complejas.

Representación del Juego de la vida.

Y es que la inteligencia no es más que el producto de una compleja organización de materia (células, órganos, o chips) que, por evolución, se han ido adaptando al medio, desarrollándose y autoperfeccionándose, llegando incluso a adelantarse a los acontecimientos. Nada de almas, ni de dioses ultraterrenos.

Después de todo inteligencia no es más que una etiqueta que otorgamos a un comportamiento externo relacionado con la autoperfección y con nuestra forma particular, como seres humanos, de ver el mundo.

Marx y el valor-trabajo.

Marx, otro filósofo de la sospecha, otro pensador obsesionado por dotar de carácter ciéntifico a sus opiniones puramente personales y, como veremos, erróneas.

La ufanía de Marx le llevó a proclamar una ley sobre el valor que la sociedad debe otorgar a todos los productos. Cualquiera diría que está ejerciendo de Dios. ¡Ya sé por qué los marxistas no son cristianos! ¡Veneran a Marx!

Bromas aparte, Marx declaró en la primera parte de su magnus opus, El Capital, que el valor de la mercancía debe estar estipulado en función del trabajo dedicado a su producción. Si en la producción de un libro se ha consumido 3 veces más de trabajo que en la producción de un automóvil, el libro debe valer 3 veces más que el automóvil.

No obstante, el trabajo no es lo único que hay en el universo. El ser humano, de forma innata, otorga el valor a los productos en función de la utilidad que le reporte (demanda) y la abundacia o escasez de los mismos (oferta). Así, si un libro, aunque se hayan dedicado muchas horas en su culminación, es despreciado por la gente (léase Main Kampf) el libro no valdrá nada. Claro, que después habrá algunos indignados (entre ellos el propio Hitler) que estén en desacuerdo con la sociedad e intenten imponer su valor propio como único al resto de la humanidad (igual que quería Marx, pero con el trabajo).

Es una mala noticia para el trabajador que el mundo no gire en torno a él; sin embargo, es una buena noticia para el mundo. Así que los obreros deben oferecer un trabajo que sea demandado por la gente. Por ejemplo, los contertulios del diario Sálvame en Telecinco cobran mucho más que cualquier persona normal, que esté trabajando todos los días en trabajos insoportables, como el de trabajador de una fábrica. ¿Dónde está la clave? En que, para la sociedad, conocer los entresijos de Belén Esteban le reporta más beneficio que el pan que haya podido hacer el panadero.

Y no culpen al capitalismo de ello, culpen a los valores de la sociedad; el capitalismo sólo se encarga de ponerlos de manifiesto y coordinarlos. ¿El comunismo? De imponer otros por la fuerza, destruyendo la libertad y la subjetividad.

Barcelona y el síndrome de Stendhal

El curso pasado en una de las clases de Literatura Universal en las que analizábamos La peau de chagrin de Balzac apunté que el protagonista Rafael de Valentin podría sufrir este síndrome durante la visita al anticuario en el que encontrará el talismán de zapa que cambiará su vida. Balzac nos describe de forma prolija al estilo realista de las postrimerías del XIX todos los objetos de arte que allí se exhiben recorriendo toda la historia de la Humanidad y del Arte. Rafael al verse golpeado por tanta belleza comienza a sentir vértigo, confusión y dificultad para respirar lo cual coincide en parte con lo prescrito por dicho síndrome. No es casual que Balzac incluyese esta reacción en su novela ya que era un tópico romántico muy en boga. No hay que olvidar que el  nombre le viene del escritor francés Stendhal que fue el primero en describirlo tras una visita a Florencia, por lo que se denomina también síndrome de Florencia.
Considero que esta alteración de los sentidos se sufre siempre en mayor o menor medida cuando uno se coloca ante obras de arte de gran envergadura, ya que es esa magnificencia la que nos muestra nuestra pequeñez, nuestra cualidad de seres efímeros… sin embargo, durante estas últimas vacaciones en la ciudad condal he sentido dicha sensación de una manera mucho más patente por alguna extraña razón.
La primera ocasión fue en la visita al templo expiatorio de la Sagrada Familia. El exterior es un tanto abigarrado pero bastante hermoso y peculiar. No obstante, al acceder al interior por la fachada de la pasión elevé la vista para extasiarme con aquellas columnas arborescentes que forman una cubierta armoniosa y rica. El intrincado y laberíntico bosque de columnas me desconcertó así que me empezó a faltar el aliento y unas pocas lágrimas bañaron mis sienes. Luego me concentré en el pavimento desnudo y cuando me hube serenado pude seguir contemplando la basílica con total tranquilidad y regocijo.
En la segunda ocasión me encontraba visitando el Palau de la música catalana. Cuando accedí a la sala principal y caminé por entre el patio de butacas volví a sentir que perdía el equilibrio y me encontraba asaltada por las lágrimas, luego tomé asiento y me dediqué a contemplar las 18 musas que emergen del escenario. Pero la belleza visual se unió a la auditiva ya que la guía que nos acompañaba nos comentó que el órgano de principios del siglo pasado había sido reformado de manera que estaba automatizado y no era necesaria la presencia física del organista. Por tanto lo accionó y aquel maravilloso instrumento comenzó a destilar los acordes de Tocata y Fuga en Re menor de Bach por sus más de 4000 tubos. Es una pieza muy emblemática y muy adecuada para mostrar la acústica en aquella “cajita de cristal” que es el Palau ya que muestra crescendos, pianos, fortes y todo un repertorio de sonidos bastante representativo. Ciertamente fue un momento místico en aquel espacio modernista y plagado de motivos florales (en Italia el estilo modernista se denomina Floreale), por lo que entendí que la sala de descanso para los entreactos fuese también concebida para el descanso “visual” puesto que sus paredes carecían de ornamento alguno.
Tratamos de buscar la belleza y la perfección por todos los medios y cuando creemos hallarla esta nos atemoriza, nos parece artificial, producto de una ilusión, perversa. Supongo que todo ello es consustancial a la naturaleza caprichosa del ser humano.

El lado oscuro del efecto Pigmalión

El efecto Pigmalión toma ese nombre del famoso mito griego por el cual el famoso escultor de dicho nombre creó una escultura de una mujer tan perfecta que se enamoró de ella. Finalmente Afrodita, apiadada y con el objetivo de que triunfase el amor le concedió a Pigmalión su deseo de que se convirtiera en una mujer real. Una vez sabido esto es sencillo comprender en qué consiste el efecto Pigmalión en el ámbito psicológico, laboral y estudiantil. A mi modo de ver no deja de ser una muestra más de determinismo, no tan radical como el de Zola, pero determinismo al fin y al cabo. Lo que viene a decir este efecto es que las expectativas u opiniones de las personas que nos rodean nos influyen precisamente en el sentido positivo o negativo en que estén formuladas. Personalmente no es algo con lo que esté de acuerdo y me parece una clara muestra de lo fácilmente influenciables que podemos llegar a ser. De hecho, un estudio reciente ha demostrado que las langostas toman decisiones a la hora de actuar de manera similar a cómo lo hacemos los humanos en el seno de las redes sociales. Si se analiza en profundidad el consabido efecto puede resultar perverso y cruel. En cierto modo no deja de ser una asunción de expectativas ajenas, lo cual supone una presión externa que resulta intolerable, ¿cuál es la frontera entre lo que uno espera de sí mismo y lo que los demás esperan de ti? es claramente una línea muy difusa. El síndrome de hikihomori por ejemplo, que sufren algunos adolescentes en Japón es un exponente representativo de lo que puede ocurrir cuando las expectativas ajenas se asumen como propias. Aunque la confianza que nuestros allegados depositen en nosotros pueda suponer una motivación, el efecto Pigmalión demuestra que a la larga puede suponer una alteración del rol que vamos a asumir en un colectivo. Por ello quizá lo más sensato sería comprobar la evolución que estudiantes, compañeros etc. tienen en su trabajo y a partir de ahí tratar de reforzar sus carencias o alabar sus aptitudes sin llegar a atosigar en exceso.

Freud. El crepúsculo de un ídolo.

Aunque hoy en día las teorías de Freud han sido relegadas al campo de la filosofía (de donde nunca debían haber salido), todavía Sigismud sigue acaparando las miradas de muchos que creen haber hallado la ciencia en el psicoanálisis.

Nada más lejos de la realidad. El psicoanálisis es una autobiografía psicológica de Freud. Sólo fundamentado en las vivencias (e incluso sueños) personales del autor, sin fundamentos clínicos. Hay que recordar que Freud reconoció al inicio de su vida intelectual que soñaba con hacerse famoso y reconocido mundialmente, y odiaba a todo aquél que le insinuaba que no llegaría a nada, como su padre. Por tanto, nos encontramos ante un autor sumamente vanidoso que buscaba la fama por doquier.

Así, nos podemos encontrar líneas como la siguiente en sus obras: “Aún pasando tantos años desde la publicación de la primera edición, este libro continúa siendo el que separa la historia en dos” [La interpretación de los sueños]. Tampoco tuvo reparos para considerarse un “hombre de ciencia” superior a Copérnico y a Darwin: “El antropocentrismo se ha llevado tres golpes: el cosmológico de la mano de Copérnico; el biológico de la mano de Darwin y, finalmente y el más importante, el psicológico, de mi parte”.

También convendría recordar que Freud era un cocainómano, al menos, por treinta años, llegando incluso a declarar a sus amigos por correspondencia que necesitaba más cocaína.

El complejo de Edipo, uno de sus conceptos más conocidos, que postula que los primeros años de vida del hijo éste siente un deseo sexual por su madre y un notable odio, el cual es visto como un oponente, por su padre. Este concepto no nace tampoco de una investigación rigurosa, sino de la biografía de Freud, pues sabemos que él mantuvo relaciones con sus dos hijas y confesó que tenía deseos repetitivos de ver a su madres desnuda. Además, mantuvo una relación conflictiva con su padre, cuya muerte le alivió.

Todo autor tiene unas influencias, pues todo un sistema filosófico no puede ser siquiera inventado de la nada, requiere de unos conceptos previamente adquiridos. Por ejemplo, Freud presenta claras influencias de las ideas nietzscheanas como la voluntad de poder (el poder de la inconsciencia) y la represión sexual (como una negación de la vida). Sin embargo, Freud afirmó que él no recibió influencia previa alguna y que todo sus sistema salió de su genio. Declaración que se hace aún más extraña si tenemos en cuenta que Freud era un lector compulsivo (sobre todo de Nietzsche, del cual se compró todas sus obras).

En definitiva, un filósofo que rehuye de su naturaleza y quiere convertir su filosofía en ciencia. Sin embargo hay algo que se le escapó: generalmente, la ciencia se sobrepone a sus descubridores, pues si Newton o Darwin no hubieran investigado, posteriormente otro lo habría hecho por ellos. Pero Freud, al contrario que Copérnico o Darwin, creó una metapsicología autobiográfica con el objeto de pasar a la historia.

No hay lenguas muertas, sino hablantes inconscientes

Personalmente, siempre me ha producido un gran rechazo esa denominación que tilda de “muertas” a las lenguas clásicas, como si estas hubiesen perecido o se hubiesen disuelto con el correr de los siglos. Cualquier hablante de español debe saber que esta es, como tantas otras, una lengua romance y por tanto, hunde sus raíces en la gramática latina, que es la que le da su razón de ser. Lo mismo puede decirse de oras lenguas como el griego o el sánscrito, emparentadas entre sí y que forman parte de la familia indoeuropea. Por tanto, al hablar nuestra lengua “resucitamos” (si es que alguna  vez han muerto) los étimos latinos de los que proviene. Una persona con exiguos pero suficientes conocimientos de etimología y evolución fonética (que son los que yo poseo) puede bucear en las estructuras sintácticas y léxicas de su lengua, conociéndola en profundidad y estableciendo con ella una profunda relación, de tal manera que esta pasa a formar parte de su estructura mental (no hay que olvidar que la lengua que manejamos condiciona en gran parte el discurrir de nuestras operaciones intelectuales). Por otra parte, estoy plenamente de acuerdo con la afirmación de Goethe de que, quien no conoce un idioma extranjero tampoco puede conocer el suyo. El conocimiento del latín como lengua clásica supone una gran ambivalencia, ya que se trata de una lengua que nos es cercana y consustancial pero alejada en el tiempo. Sin embargo, en la configuración eurocéntrica de la historia, cuando el Imperio romano alcanzó su máxima extensión, el latín se convirtió en una especie de esperanto (función que ahora está asumiendo la lengua de Shakespeare aunque a nivel mundial) que se esparciría determinando las posteriores lenguas europeas que surgirían. En aquella época el filohelenismo determinaba que el griego se convirtiese en una lengua propia de personas eruditas, y en muchas ocasiones en los círculos literarios, filosóficos etc se empleaba esta lengua como símbolo de distinción. El griego era la lengua de la cultura frente a un latín que se presentaba en su doble vertiente, el vulgar (empleado por la romanización al ser el hablado por los soldados) y el culto o literario, del que nos han llegado menos vestigios. Paradójicamente en la Edad Media sería el griego quien cediese el testigo al latín como lengua de la cultura y de la enseñanza. Cuando Roma conquistó Grecia esta se rindió en cuerpo, pero su alma (formada por su cultura, literatura, filosofía, lengua, arte, etc) penetró con fuerza en el sentimiento romano, arraigando y acomodándose a las exigencias de la sociedad romana. Por ello, la lengua griega permaneció embalsamada en las estructuras latinas y hasta hoy nos han llegado sus ecos: palabras que el latín tomaba intactas realizando una mera modificación fonética y que aún se mantienen como tal, otras han pasado a nuestra lengua directamente del griego también. Cultismos, semicultismos y palabras patrimoniales son la prueba viva de que el latín y el griego están muy presentes en nuestra lengua cotidiana.

Palabras como efeméride, epiglotis, anemia, talasocracia, agorafobia, biblioteca, litosfera, enología… y un sinfín más son puramente griegas. Otras como calendario, bélico, estío, hierro, agricultura, letra, caldo, abeja… provienen de un latín más o menos evolucionado. Tampoco hay que obviar las numerosas expresiones y locuciones latinas que perviven en nuestra lengua se hayan traducido o no: ipso facto, rara avis, a priori…

No podemos ocultar ni renegar de nuestros orígenes y, al fin y al cabo, somos esencialmente romanos.